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Un sólo Dios, el Padre; un sólo Señor, Jesucristo

Impuestos y envío no incluidos
  • Autor: Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
  • Estado: Público
  • N° de páginas: 114
  • Tamaño: 216x279
  • Interior: Blanco y negro
  • Maquetación: Pegado
  • Acabado portada: Brillo
Ver ficha técnica completa

Introducción

 

La iglesia desde sus primeros días tuvo que enfrentar no sólo las presiones externas que buscaban socavarla y destruirla, sino también las divisiones internas que diversos grupos, al introducir doctrinas extrañas a la congregación, la desviaban de la verdad revelada.

 

Hechos 20:29-31 Sé que después de mi partida, vendrán lobos feroces entre vosotros que no perdonarán el rebaño, y que de entre vosotros mismos se levantarán algunos hablando cosas perversas para arrastrar a los discípulos tras ellos. Por tanto, estad alerta, recordando que por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas.

 

2 Pedro 3:16  [Pablo] casi en todas sus epístolas, [habla] en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición

 

Judas 4 Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo.

 

1 Juan 2:19 Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros.

 

La naturaleza del Padre y del Hijo, así como la relación entre ambos, fue uno de los temas que en su momento causo grandes disensiones y divisiones en la iglesia.

 

Poco a poco, durante las primeras décadas de vida de la iglesia y sobre todo con mayor fuerza después de la muerte de los apóstoles, dos posturas fueron tomando forma:

 

Una señalaba que Jesús era igual al Padre, es decir, infinito, eterno y omnipotente, que ambos eran la misma esencia y el mismo ser, y que así como el Padre era Dios Jesús en la misma extensión de la palabra era ese mismo Dios, así que al hablar de Dios uno podía referirse al Padre o al Hijo, ya que no había diferencia ni en sus características ni en su naturaleza.

 

La otra señalaba que Jesús era divino/sagrado y que fue enviado a la Tierra para la salvación de la humanidad pero que no era igual a Dios Padre, Jesús era la primera creación de Dios, por lo que no era ni infinito ni eterno y tampoco por sí mismo todopoderoso. El Padre era el único Dios verdadero, mientras que su Hijo, por naturaleza, era divino, de ahí que se le refiriera como Hijo de Dios, Divino, un Dios, o solamente Dios entendiendo la diferencia con el único Dios que era el Padre.

 

Estas cuestiones fueron zanjadas en el año 325 d.C. Concilio de Nicea, donde la iglesia romana aliada del poder imperial del emperador Constantino, fijó como parte principal de las resoluciones lo que se conoce como el credo de Nicea en el cual la primera postura, la de Jesús siendo Dios, tal como el Padre es Dios, fue la que prevaleció.

 

Persecuciones fueron y vinieron y con el tiempo esta postura, conforme la iglesia romana adquiría mayor poder y se extendía, fue la que prevaleció. Incluso cuando la reforma protestante del siglo XVI llevó a las iglesias y credos escindidos de la iglesia romana esta fórmula.

 

Pero a pesar de todo nunca se extinguió realmente esta cuestión de la naturaleza del Padre y del hijo, así como de su relación, siendo que aunque la postura mayoritaria fue la mencionada, incluso hasta nuestros días, grupos pequeños de creyentes desperdigados por aquí y por allá a lo largo de los siglos han abrazado la postura minoritaria.

 

Cuando uno trata de abordar este tema, como muchos otros cuya revelación sólo puede encontrase en las Sagradas Escrituras, surgen dos problemas. El primer problema es que tanto un grupo como el otro esgrimen aquellas citas de la Escritura que tienden a soportar el argumento que están defendiendo denostando las citas que lo contradicen. El segundo problema es que cada cita de la Escritura presentada va acompañada de los argumentos y razonamientos que la inclinan hacia un lado o hacia otro.

 

Pero, ¿y si dejamos que sea la Palabra de Dios por sí sola la que nos ayude en este asunto? Después de todo “toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

 

Esta es la finalidad con la que se ha creado este libro que ha buscado subsanar los dos problemas comentados anteriormente. Para el primer problema, lo que se ha hecho es que no se han presentado solo aquellas citas de la Palabra de Dios que pueden apoyar tal o cual postura sino que, a través de un análisis minucioso del Nuevo Testamento, se han incluido todas aquellas citas de la Escritura que tratan precisamente de la naturaleza del Padre, de la naturaleza del Hijo, y de la relación entre ambos. Para el segundo problema, lo que se ha hecho es que no se han incluido comentarios algunos en las citas de las Escrituras para que sea el lector, bajo la guía e inspiración del Santo Espíritu del Padre, el que pueda ver por sí mismo la verdad revelada. Esto partiendo de la premisa de que una vez entendiendo de manera general el todo de la verdad revelada es más fácil ajustar los pequeños detalles de entendimiento e interpretación, que a partir de pequeños detalles de entendimiento e interpretación querer ajustar el todo de la verdad revelada.

 

El libro se ha divido en dos grandes apartados, el primer apartado -… a él oíd…-, trata sobre los Evangelios y recoge las palabras de Jesús al respecto del tema; el segundo apartado -… Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?…-, trata de los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas y Revelación, recoge las palabras de los apóstoles sobre el tema.

 

Que la lectura de la Sagrada Palabra de Dios nos enseñe, redarguya, corrija e instruya (2 Timoteo 3:16) y que la guía el Santo Espíritu de nuestro Padre Dios nos guíe a la verdad (Juan 16:13) de la fe que ha sido una vez dada a los santos para siempre (Judas 3).
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