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Alain Rodríguez

Al parecer nací hace tiempo, pero yo era muy chico y no me acuerdo. Igual es mentira porque nunca vi fotos de aquel suceso, y mira que el álbum está llena de fotos mías en cumpleaños, veraneos y navidades. Digo mías porque es lo que me han contado, pues la verdad, si he de ser sincero, tampoco albergo registro alguno en mi memoria de aquellos acontecimientos. Debe ser verdad, porque el muchacho que sopla las velas también lleva gafas y se me da un aire.

Media vida la he dedicado a estudiar. Al principio porque me obligaban y después, simplemente, por costumbre. Es una actividad completamente inútil ya que con el tiempo se te acaba olvidando todo lo que aprendiste. Eso sí, tengo varios títulos que me acreditan para dedicarme a diversas profesiones aunque no tenga ni pajolera idea de cómo llevar a cabo ninguna de ellas.

Mis trabajos siempre han sido bastante precarios. En algunos me debían dinero y en otros no me pagaban. Aparte de conocer el FOGASA en profundidad, desarrollé cierta aversión al mundo laboral.

Llegados a este punto decidí viajar: me hice camionero. La ruta siempre era la misma, pero me comí kilómetros como para recorrer el mundo hasta su último palmo, lo cual, bien pensado, hubiera sido una opción mucho más interesante. Con todo, aquella experiencia fue transformadora: descubrí lo desagradable que puede ser que a tu compañero le huelan los pies en un espacio tan reducido. A pesar de la canción, el camión no da la felicidad. A punto estuve de demandar a Loquillo.

Tras aquella aventura me hice empresario. Monté un bar junto con unos amigos. Trabajamos duro, pero lo pasamos bien. Eso sí, no ganamos un duro. Al parecer, negocio y fiesta no son compatibles. La gestoría no nos informó de ello, y acabamos descubriéndolo por nosotros mismos, cuando las deudas crecían de manera preocupante. Por suerte, supimos abandonar a tiempo. Dejamos el negocio y seguimos con la juerga, saliendo ebrios, pero indemnes, de aquella andanza.

Después de todos estos avatares, un buen día me dio por escribir una novela. Ya había amagado antes, con pobres resultados, sin duda por la falta de una vida rica en experiencias como la que ahora disfruto a la vuelta de los años. Vistos mis antecedentes, no espero grandes ventas. Mi familia no es muy numerosa y mis amigos, a esta alturas, andan ya muy resabiados para dejarse embaucar, mas con la crisis que viene, reservarán, sin duda alguna, sus ahorros para asuntos tabernarios; cuestión de prioridades.

Así que me quedas tú, estimado futuro lector, mi última esperanza para que 'Un golpe de suerte' sea algo más que unas letras vertidas sobre el papel.



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