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josegustavosepulvedasevilla

Las claras y limpias aguas se comenzaron a tonar de color rojizo mientras se arremolinaban con olas que golpeaban suavemente las arenas de aquella playa. El único testigo de la pelea a muerte entre dos hermanos, no de sangre, pero si del mismo credo que alguna vez los unió a través de una serie de eventos desastrosos. Como todo lo que acontece en una guerra. Flotaba casi sin vida, era claro que había sido lastimado de gravedad. Pero intencionalmente no se le había matado. El agresor solo pretendió infringirle tal dolor que su alma solo anhelara la dulce muerte por su propia mano. La basura humana como ese pobre infeliz que se batía entre la vida y la muerte, así como el agresor lo consideraba. Deformada por lo que se conocía como ¨elixir negro¨ no merecía ser asesinado. Únicamente era acreedor de ponerle fin a su miseria con su propia mano. Esa asquerosa mano que usaba para inyectarse tal veneno y mediocridad. Incluso el pobre infeliz ya no se consideraba como humano y otros miembros del credo también lo creían o pensaba, pues en su cabeza solo resonaba la paranoia y las voces que provenían de la oscuridad, conspiraban en su contra. Quizás era lo justo, quizás no. Pero era evidente que las acciones previas de ese deformada masa humana causaron la caída y desgracia de la orden del temple.  

Hashim flotaba sobre aquellas cálidas y suaves aguas tornadas rojizas por su sangre. Semiconsciente de que lo que acontecía a su alrededor. Un cielo color azul claro  despejado de nubes, sin aves, sin aviones, sin ruido, sin humanos. Únicamente el sol ardiente le rodeaba y le producía un calor que le quemaba la piel expuesta en su cara y brazos. Sin poder moverse se quejaba y unas lágrimas le recorrían sus mejillas, pero no estaba seguro si aquellas lágrimas se debían por la tristeza de los acontecimientos previos aquella pelea.

La pelea que puso fin a la única amistad, que realmente valoraba, pues fue lo más cercano a una familia, que jamás tuvo. Pero quizás, aquellas lágrimas se debían al coraje y odio de no haber podido matar aquel infeliz que le hirió de gravedad. No comprendía sus sentimientos. Era su hermano, su amigo, su mentor, la única persona que le brindo ayuda para vencer su adicción por el elixir negro. Pero lo odiaba por esas mismas razones. Lo odiaba a muerte y quiso matarlo a como diese lugar. Aun con su odio consumiéndolo por dentro, desde lo más profundo de su alma, lo amaba, lo quería.

Sus lágrimas se tornaron en cascadas y sus quejidos se tornaron en llantos incesantes, incomprensibles ya que no sabía que palabras debía articular, solo eran alaridos sin sentidos, pero era claro que estos solo expresaban la más grandes tristezas que un ser vivo pudiese dar a entender a otro ser vivo sin importar la especie que se tratase. 

Poco a poco las gentiles olas acercaron a Hashim hacia la orilla de la playa. Lentamente logró arrastrarse a través de la arena hasta llegar a tierra más firme. Sin importar sus heridas consiguió curarse gracias a su botiquín de emergencia, el cual poseía cada miembro del credo.

Ese botiquín, además de tener las cosas básicas con las cuales uno cura heridas sencillas como cortes o moretones, contenía una especie de gel curativo milagroso, para casos de emergencia. Con este gel, solo era necesario untarlo sobre la herida, agregar calor con un soplete especial que formaba parte del kit y en cuestión de segundos las heridas cicatrizaban sin importar el área a tratar. Dolía como no se tiene idea alguna, era bastante claro que era algo con lo que uno no deseaba ser curado. Pero era necesario si no se desease morir desangrado. Así fue como Hashim dio los más grandes gritos de dolor jamás escuchados en aquella playa olvidaba por Dios.