Liderar en tiempos complejos
LEANDRO SEQUEIROS SAN ROMAN

Lo que los paleontólogos llamamos "fósiles" se conocen desde la época egipcia por los textos de Plinio. Los restos petrificados de los seres vivos del pasado han dejado su rastro en las rocas sedimentarias de todo el mundo. Ahora, incluso, los buscan en los estratos de Marte. Sin embargo, la interpretación de los fósiles ha sido muy discutida por escuelas. Los antiguos pensaban que eran "juegos de la naturaleza". Aristóteles (que fue siempre el más seguido) defendía que la tierra tiene una "vis plastica", una "potencia formativa" para producir, en días de tormenta, piedras con la forma de las conchas, los caracoles o los erizos de mar. Pero los naturalistas en Europa y América, desde el siglo XVI (y en especial los jesuitas) seguían la opinión de Leonardo de Vinci: interpretaban los fósiles como restos de animales antiguos petrificados. Pero cuando fueron recogiendo más ejemplares y estos eran estudiados por expertos, se convencieron de que muchos de ellos carecían de representantes actuales (esto lo vio muy claramente el padre José de Acosta). ¿Cómo explicar que en la Creación divina, tan bien ajustada por Dios, haya animales que han desaparecido sin dejar rastro, que se han extinguido totalmente como si hubieran estado mal diseñados? Es entonces cuando los filósofos naturales y los teólogos en el siglo XVI acuden al episodio del Diluvio bíblico: el pecado de los descendientes de Caín provocó el castigo divino del Diluvio que cubrió "hasta los más altos picos de España" (que decía José Torrubia). El Diluvio bíblico fue desde entonces la razón más poderosa para explicar la extinción. Nacía así el "paradigma del diluvismo científico".